El conflicto en Cataluña

Voy a escribir mi opinión sobre el conflicto en Cataluña. No me gusta escribir sobre temas de actualidad, pero quiero tener al menos un artículo dentro de este género. No es el miedo a que la gente conozca mi ideología lo que me frena, sino mi convicción de que los problemas se analizan mejor a toro pasado. Si creyera lo contrario estaría estudiando sociología, no historia. Escribiendo este artículo no he podido evitar sentir que no estaba siendo tan coherente como en el resto de mis escritos. He sentido que se me escapaba algo.

Para hablar de este tema con precisión podría necesitar unas 2.500 páginas, divididas en varias enciclopedias. Podría discutir sobre la posibilidad de la justificación de la desobediencia civil, extenderme hablando del origen y la legitimidad de las leyes, o escribir un par de ladrillos sobre la democracia. Pero quiero escribir un artículo con extensión de artículo, y por ello me voy a centrar en una sola de las vertientes de este problema: la forma con la que entendemos las relaciones de poder.

Quienes me conocen ya pueden imaginarse por dónde van los tiros, porque la actualidad manda en la era de las nuevas tecnologías, pero me gustaría argumentar de una forma más extensa el porqué de mi opinión. La explicación más sencilla de entender, la que a la gente le gustaría leer, sería: “al Fran le da igual la unidad de España porque es un rojo antisistema con un gusto especial por todo lo que huela a rebeldía”. Pero la realidad siempre es más compleja de entender que las etiquetas y los tuits.

No voy a negarlo. Mi huevo izquierdo pesa más que el derecho, mi ojo izquierdo ve mejor que mi ojo derecho, y cuando hablo por el móvil, me lo pongo en el oído izquierdo. Sin embargo, noto que mi concepción de la izquierda y la derecha no está en consonancia con la del resto. Tengo la sensación de que mucha gente está haciendo una lectura errónea al hablar sobre los motivos que llevan a la izquierda a estar más del lado de los independentistas. Voy a intentar explicar el porqué de este posicionamiento. Y ya adelanto que no es por su antiespañolismo.

No, no me importa nada la unidad de España. No voy a negarlo. Escribiré otro artículo sobre los motivos por los que no me considero un patriota. Pero no es este rasgo el que me hace estar más de lado de los independentistas catalanes en este conflicto. La realidad es mucho más compleja que: los izquierdistas odian a España y los derechistas la aman. Tiene más que ver con una distinta concepción en las relaciones de poder que deben existir entre dos sujetos, siendo uno de ellos el fuerte y otro el débil.

Voy a equiparar la relación España-Cataluña con la relación padres-hijos y profesores-alumnos. Soy coherente cuando digo que, en estos tres supuestos, defiendo una educación basada en el diálogo de las dos partes. Creo en el poder de la palabra y del debate. No creo que el inferior deba plegarse al superior por miedo a la vara. No siempre el más fuerte lleva la razón. Además, creo que un padre estricto, que eduque en la violencia y en el odio, no conseguirá que su hijo se comporte mejor, por una sencilla regla universal: lo prohibido atrae. De padres estrictos, hijos rebeldes. No soy padre, pero soy hijo, y siempre he sido observador respecto a este tema. No tengo datos científicos en la mano, pero tengo mi experiencia. Y estoy seguro de que los psicólogos me darían la razón.

No soy profesor, pero he sido alumno muchos años. Y en mi experiencia, los profesores más respetados no eran los más estrictos, sino los más amigables y conversadores. Los más estrictos, en cambio, eran más odiados, y generaban más rebeldía. Quizás no a corto plazo, por miedo al castigo, pero a largo plazo el alumnado siempre acababa rebelándose. Educar en el miedo no es una buena opción. El miedo no convence, no acaba con las disidencias. Solo las reprime momentáneamente, hasta que todo estalla.

Los hijos, los alumnos y Cataluña representan ese sujeto débil frente al poderoso. El poderoso tiene dos opciones: educar mediante el diálogo, intentando convencer y seducir, o educar mediante la violencia. Y el gobierno de España ya ha elegido el papel de padre estricto.

Desde el principio, el gobierno de España no supo entender la peculiaridad del pueblo catalán. Podría enumerar una serie de momentos en los que el padre fue demasiado estricto con el hijo, pero no me interesa entrar en el debate de quién empezó antes o quién la hizo más gorda. Soy consciente de que el hijo, en ocasiones, mostró un carácter muy difícil de domar. Mi intención con este artículo no es entrar en un debate sin fin: “has empezado tú, tú eres más violento que yo”. Mi intención es otra.

Como he dicho antes, reconozco que el hijo, en ocasiones, ha mostrado un carácter difícil de domar. Pero creo que el padre se equivoca entrando en un juego que no necesita para imponer su criterio. Me explico.

El padre es consciente de que su hijo, por mucho que refunfuñe y patalee, no puede hacerle daño. El padre tiene el monopolio de la violencia, es mucho más fuerte físicamente que el hijo. El padre no debe temer los pataleos inofensivos de un hijo rebelde. Debe hacerle entender que su posición no es la correcta, convencerle con argumentos (si es que el sujeto más fuerte llevara la razón).

Un padre no debe responder al pataleo de un hijo con un puñetazo. Debe ser consciente de su manifiesta superioridad física, y no utilizarla contra su hijo. Si el hijo patalea, se le debe sujetar, no golpear. Si le pegas un puñetazo en la cara a un niño de seis años no vas a convencerle de tus ideas. El niño seguirá con la misma idea en la cabeza, pero ahora será un niño traumatizado, que entenderá que la violencia es la forma de solucionar las cosas. Y nadie quiere eso, porque un padre quiere a su hijo, como España dice querer a Cataluña.

No soy partidario de la independencia de Cataluña. Me da igual. Los nacionalistas catalanes son tan burgueses y acomodados como los nacionalistas españoles. Pero nunca apoyaré a los padres y a los profesores estrictos, que solucionan los problemas ideológicos con violencia. Si alguien intenta convencerme para que me haga capitalista a hostias, yo no me voy a hacer capitalista. Voy a seguir siendo comunista, pero ahora seré un comunista cabreado, con ganas de venganza.

El argumento “están quemando contenedores, saquemos al ejército” no tiene ninguna diferencia con el argumento “mi hijo me ha soplado en la oreja, voy a tirarlo por la ventana”. Los nacionalistas catalanes no pueden hacer daño físico al país. Son solo niños pataleando. Niños vigilados por la policía, armada, que los detiene y los encarcela.

El conflicto catalán es un conflicto político, ideológico, y como tal debe tratarse. Las hostias no convencen a nadie, y así es como debe ser. No siempre el sujeto más fuerte está en posesión de la razón. El estado español debe reconocer la peculiaridad de su hijo catalán, e intentar educarle en el diálogo. Esto puede precisar concesiones. A veces, es recomendable conceder pequeños privilegios a los hijos más rebeldes, para educarles por el buen sendero. Esto no va de quién ha empezado, ni de quién es más violento. Esto no va de españoles y antiespañoles, va de las distintas formas de entender las relaciones de poder. Esto va de quién tiene el poder, de quién tiene la fuerza, y de cómo va a usarla. Creo que hay que usarla con inteligencia y responsabilidad, y creo que, en este asunto, los que apostamos por una educación basada en el diálogo somos los menos radicales.

La Reforma Protestante

He escrito un ensayo sobre la reforma protestante de Lutero, porque me llama la atención la forma con la que un solo hombre desafió a la Iglesia católica y cambió para siempre su historia, provocando unos cambios que son visibles hoy en día.

Todo empezó en Alemania, en el S XVI. Martín Lutero estaba muy molesto con la venta de indulgencias. Las indulgencias eran unos documentos comprados por la población para ahorrarse años en el purgatorio. Para Lutero, estas indulgencias eran una estafa, utilizada por la Iglesia para enriquecerse a costa de una población engañada.

Debido a esto, Lutero clavó en la puerta de la Iglesia de Wittenberg sus noventa y cinco tesis. Este documento se difundió rápidamente gracias al reciente invento de la imprenta, y Lutero se convirtió en un icono para quienes creían que la Iglesia católica estaba corrupta y necesitaba una renovación profunda.

En sus noventa y cinco tesis, entre otras muchas ideas, Lutero defendía que la única fuente de conocimiento era la Biblia, y en ella no se hablaba del purgatorio. La idea de pasar largos años en un lugar donde purgar los pecados era una estrategia de la Iglesia para enriquecerse, a costa de unas indulgencias que restaban años de condena en el purgatorio. En sus noventa y cinco tesis, también reducía a solo dos los sacramentos, y decía que todos los cristianos eran sacerdotes sin necesidad de ninguna ordenación especial. Finalmente, el Papa declaró a Lutero como un hereje y lo separó de la comunidad de la Iglesia católica.

Lutero se escondió, por temor a represalias de la Iglesia católica, y se dedicó a traducir la Biblia al alemán. Mientras tanto, la influencia de Lutero comenzó a dejarse ver, y se empezaron a crear distintas corrientes radicales que criticaban a la Iglesia católica, aunque separadas del luteranismo. Aparecieron otros protestantes, con sus propias tesis. Zwinglio, Calvino, la secta de los anabaptistas…

Europa quedó dividida en una serie de países que reconocían al papa como máximo pontífice y otros tantos que rechazaban la teología católica y la autoridad de Roma. Estos últimos se hicieron llamar protestantes. El conflicto entre ambos bandos desembocó en una serie de guerras de religión y conflictos políticos. Algunos príncipes políticos apoyaron a Lutero por sus propios intereses económicos, y por disensiones con Carlos V. Las guerras suponen un pulso entre Carlos V y Lutero, y se puede decir que ganó Lutero.

Más tarde, la Contrarreforma católica ayudó a hacer renacer el catolicismo, aunque eso… Da para otro artículo aparte.

A modo de conclusión, decir que desde el punto de vista económico y científico, la reforma protestante no trajo el progreso como se podría pensar, sino que lo frenó. Sin embargo, es interesante la forma con la que un único hombre, desde una crítica ética y moral, pudo dividir a la Iglesia católica en dos, provocando un cambio social, político y religioso que aún se deja ver en nuestros días. A pesar de la contrarreforma católica, según el centro de investigación independiente estadounidense Pew Research Center, un 36,7% de los cristianos son protestantes en la actualidad, haciendo un total de 801 millones.

Los gitanos en la España del S XVIII

Para escribir este artículo he consultado mi colección de libros de historia de España. El S XVIII me parece especialmente interesante por ser el siglo de la Ilustración. Ya critiqué a la Ilustración en otro artículo anterior, y el estudio histórico sobre el tema que voy a desarrollar ahora viene a reforzar mis ideas. La marginación que sufrieron los gitanos y los judíos en el S XVIII está lejos del concepto de igualdad que pregonaban los ilustrados. En este ensayo me voy a centrar en la marginación de los gitanos, porque de lo contrario me extendería demasiado y porque es un tema que nos toca más de cerca, por motivos evidentes. Empezaré con un análisis objetivo, basado en las fuentes históricas citadas, y terminaré con una conclusión personal en la que establezco una relación entre este tema y el feminismo.  

Dos minorías étnicas estaban presentes en la  historia de España: gitanos y judíos. Para las ideas universalistas de la Ilustración, la diferencia no entraba en su discurso, por lo que debía ser anulada por la vía pacífica o por la fuerza. Aquí se ve una idea que critiqué en mi discurso sobre la globalización, la de la igualdad entendida como un sometimiento de la cultura minoritaria a la mayoritaria.

Ninguna etnia sufrió esta discriminación como los gitanos. Los Austria los reprimieron para que asimilasen las costumbres dominantes. A los ilustrados  les parecía inconcebible la vida nómada de los gitanos, y su deseo de tener sus propias costumbres dentro de la monarquía. Felipe V, en 1717 y 1738, tomó medidas para acabar con el nomadismo de los gitanos. La orden de 1717 conminaba a una asimilación por la fuerza.

A la represión del nomadismo y una supuesta delincuencia, las autoridades sumaron una supresión de la alteridad cultural. Se prohibió a los gitanos practicar sus costumbres, su lengua y su vestido. Además, serían acantonados en determinados sitios de la ciudad, con prohibición de salir de ellos, pudiendo llegar a ser ajusticiados si incumplían esta disposición.

La pragmática no debió cumplirse, y por eso se renovaron las disposiciones en 1737, con mayor dureza. En 1749 todas estas medidas fueron nuevamente renovadas, llamando a los gitanos “rebeldes incorregibles y enemigos de la paz pública”. Ensenada propuso la extinción de la raza gitana, política aplaudida por Campomanes. Los ilustrados y su igualdad…

Los gitanos fueron apresados. Los hombres y niños de más de siete años fueron destinados al confinamiento laboral en los arsenales estatales y en las minas de azogue de Almadén. Según las autoridades, para aprender un oficio. En realidad, para ser mano de obra barata. Carlos III se interesó por los gitanos como un asunto que no debía ser resuelto únicamente con la represión, sin embargo, sus consejeros no eran partidarios de aflojarles el cinturón. Campomanes pidió su expulsión a Indias. Aranda propuso separar a los hijos de sus padres y educarlos como buenos católicos y en la lengua castellana.

La pragmática de 1783 fue la menos dura del siglo. Propuso perseguir a los gitanos por sus actos y tareas, no por su condición étnica. Se enmascara así un racismo todavía palpable, pues la delincuencia se sigue asociando a la etnia gitana. La novedad se puede resumir así: los gitanos pueden acceder a los oficios habituales siempre que dejen de comportarse como gitanos”.

A pesar de estos leves cambios a mejor, el racismo de la población no desapareció de un día para otro. El hecho de que los gitanos pudieran, a efectos legales, encontrar trabajo, no hacía que lo encontraran. Los recelos de una sociedad racista les impedían acceder en igualdad a los puestos de trabajo. Además, en caso de poder acceder al puesto de trabajo, no les resultaba fácil desempeñarlo, pues se trataba de una minoría que nunca había practicado esos oficios.

La imagen de los gitanos como ladrones, ociosos y maleantes se mantuvo intacta. La convivencia con la minoría gitana iba a ser una empresa imposible para el racionalista, universalista y uniformista siglo de la Ilustración. Sobre todo porque los gitanos, en contra de lo que se les pedía, se empeñaron en no dejar de serlo.

Hasta aquí la historia, ahora opino yo. Para eso es mi blog, si quieres contestarme hazte uno, jijiji. Creo que muchos se habrán llevado las manos a la cabeza leyendo alguna de las medidas que se tomaron para asimilar a los gitanos a la cultura española. Espero que esto sirva para hacer un análisis de conciencia. No estamos tan lejos, ni cronológica ni ideológicamente, del S XVIII. Este estudio enseña que la legalidad y el pensamiento no siempre van de la mano. Según la ley, desde 1783 los gitanos son iguales al resto. En la práctica, desde 1783 hasta la actualidad, el racismo nunca ha desaparecido.

A los gitanos se les sigue pidiendo que dejen de comportarse como gitanos, que dejen de ser ellos mismos. Que se adapten a la cultura mayoritaria. Y esta discriminación encubierta, este paternalismo étnico, me parece la peor de las discriminaciones.

El multiculturalismo es riqueza. La asimilación de una cultura minoritaria a una cultura mayoritaria no es igualdad. Es la igualdad que le conviene a los poderosos, la igualdad entendida como sometimiento. La igualdad debe entenderse como igualdad de derechos y oportunidades, no como igualdad de pensamiento. Las costumbres y las tradiciones de otras culturas deben ser respetadas, siempre que sean legales y éticas (torturar y asesinar a un toro no lo es, aunque mi opinión sobre los límites de la tradición la dejo para otro artículo).

La batalla legal es mucho más fácil de ganar que la batalla mental. Este ensayo también pretende ser un tirón de orejas para quienes critiquen otros movimientos sociales, como el feminismo, con el argumento “hombres y mujeres ya son iguales ante la ley”. El machismo, como el racismo, sigue existiendo. Existía hace apenas dos siglos y medio, bajo el imperio de la razón ilustrada, y sigue existiendo hoy. Las mujeres, como los gitanos, siguen teniendo problemas para ejercer su reciente condición de iguales en un entorno que sigue discriminándolas. El cerebro y el prejuicio no entienden de leyes.

Crítica a la Ilustración

Este ensayo necesita leerse con más calma que la mayoría de los que he escrito. He intentado condensar muchas ideas en una corta extensión, he usado pocos ejemplos y me he puesto más filosófico que de costumbre. Ya le aticé a la razón ilustrada en mi tercera novela, y en ella me he basado para escribir este ensayo. Sin embargo, aquí me he visto mucho más limitado por la extensión. Necesitaba hablar de historia, filosofía, religión y ciencia, y no es fácil adaptar tantas disciplinas a la extensión de un artículo. Pero me las he arreglado, porque me encanta criticar a todo lo que huela a modernidad y progreso, y la Ilustración no podía irse de rositas.

Voy a empezar definiendo qué es la Ilustración. La Ilustración es un movimiento filosófico, político, literario y científico que se desarrolló en Europa y en sus colonias en el S XVIII. La Ilustración o Siglo de las Luces surgió para iluminar “las tinieblas de una historia que, hasta la llegada de la razón ilustrada, había sido oscura”.

La Ilustración surge como respuesta a una sociedad supersticiosa, que cree en la magia y en el misticismo. La Ilustración ataca a la religión, valiéndose para ello de la razón. Con la Ilustración cambió la historia, y nos acercamos mucho a lo que somos hoy en día. La Ilustración nos acercó al pensamiento científico, al laicismo, al optimismo…

La Ilustración tiene mucha fe en el hombre y en su capacidad de entender el mundo, de alcanzar la verdad y la liberación a través de su inteligencia. Defiende la igualdad, la libertad, la creencia tan solo en aquello que se puede demostrar…

Personalmente, no tendría nada en contra de esta definición, si fuera cierta. Verdad, igualdad, iluminación y libertad son palabras que le suenan bien a cualquiera. Pero como estudiante de historia que soy, la definición me rechinó. Me negué a aceptar que toda la historia hasta el siglo XVIII fuese un relato lleno de oscuridad y tinieblas. Me gusta mucho la antigüedad clásica, y cuando la estudio veo muchas virtudes que no encuentro en nuestra sociedad. Me negué a aceptar el papel salvador de la Ilustración, y estudiar más en profundidad los acontecimientos que se produjeron después del Siglo de las Luces me dio la razón.

No critico a la Ilustración como forma de alcanzar verdades cuantificables. Creo que las ciencias puras son más exactas que las humanidades, y por lo tanto, más eficaces a la hora de sentar verdades absolutas. Los números son más exactos que las letras. Pero yo soy de letras, y creo que la Ilustración nos alejó de esa humanidad que exhibimos durante esa parte de la historia que la Ilustración rechaza. No creo que el alcance de esa verdad científica de la que hablaban los ilustrados haya ido ligada al progreso en los campos de la igualdad y la libertad.

Me gusta leer mitología clásica, el cine, y escribir novelas. No son disciplinas científicas, no buscan la verdad. Lo sé. Sé que Zeus y Ra no existen, pero leer sus mitos me acerca a unas culturas que considero virtuosas. Sé que Desdentao no existe, pero ver “cómo entrenar a tu dragón” me acercó al ecologismo y me ayudó a querer más a los animales. Sé que Brad Pitt está fingiendo ser quien no es en “el club de la lucha”, pero ver esta película me alejó del consumismo y me ayudó a tomarme a broma este mundo loco de mierda.

Los sucesos que cuento en mis novelas no son verdades científicas. Son mentiras que imagino, pero escribir novelas me sirvió para crearme un pensamiento propio. Muchos de los artículos que publico aquí, entre ellos este, están basados en mis novelas. El pensamiento que muestro en ellas no estaba en mi cabeza antes de escribirlas, porque como escritor soy un caos y no planeo lo que voy a escribir antes de hacerlo. El conocimiento lo obtengo en el proceso de escribir, imaginando mentiras. Usando la lógica, la filosofía, para llegar desde la idea A hasta la idea B. Hay conocimiento más allá del método científico.

Escribir me hace crecer (no físicamente, como muy bien habréis notado). Leer me hace crecer, y el cine me hace crecer. No todas las mentiras están reñidas con el conocimiento. No todas las mentiras representan una oscuridad maligna con la que hay que acabar. Las mentiras, mediante el simbolismo, pueden servir para alcanzar la verdad. La historia no fue tan oscura antes del S XVIII, ni tan clara después. La razón no fue nuestra salvadora. La religión y la filosofía no son el cáncer del mundo.

Las religiones son útiles. Nos ayudaron a confiar los unos en los otros, creando comunidades extensas de personas dispuestas a cooperar entre sí. Además, la religión sirvió para tranquilizar a la población. Un sistema de vigilancia omnipotente, omnipresente y omnisciente tiene un efecto tranquilizador entre quienes piensan que el vecino les puede robar sus posesiones. La religión nos ayudó a confiar los unos en los otros. Dos personas que no se conocen tendrán más predisposición a cooperar si creen en el mismo dios, capaz de imponer castigos a quien no se comporte correctamente. La religión nos unió, nos empujó a comportarnos con ética, nos ayudó a aceptar la muerte y, por lo tanto, nuestro papel secundario en el mundo.

Siempre me he mostrado muy crítico con las instituciones religiosas de mi época por su corrupción, su carácter reaccionario, sus invasiones en la esfera política… Pero dejando de lado los excesos de las instituciones religiosas y sus élites, la relación uno a uno individuo-dios nos ha ayudado a progresar. Las religiones fueron inventadas por algo. El ser humano siempre ha necesitado una dimensión espiritual, y creer en bellas y tranquilizadoras mentiras.

La ciencia de la Ilustración nos deshumaniza. La ciencia ilustrada está en contra de la religión, de la filosofía y de la historia. La verdad absoluta nos deshumaniza, porque no es tan bonita como los mundos de fantasía que podemos imaginar. Las matemáticas nos convierten en un número. Un número que puede ser sacrificado por el interés general.

Y es por habernos convertido en un número, en un dato, que la luz todopoderosa de la Ilustración no terminó con las tinieblas. Tras ella, vinieron las dos únicas guerras mundiales de la historia. Campos de concentración, cámaras de gas, gulags, apartheid… Las mayores matanzas se han cometido bajo el imperio de la razón. Las bombas no las construyeron filósofos ni sacerdotes, las construyeron los científicos.

El pensamiento científico, en su interés por conocer las leyes que rigen la naturaleza, nos deshumaniza, colocándonos fuera de ella. Ya no somos animales que creen en un dios supremo. Hemos asesinado a los dioses, y hemos pasado a ocupar su lugar. El racional, científico e ilustrado ser humano está jugando a ser dios. Los animales lo sufren, y el planeta también.

Las disciplinas de humanidades están en riesgo de desaparecer. El sistema educativo no premia la comprensión del mundo, sino la especialización en una tarea determinada. Nace, produce y muere. Cada vez más robots, cada vez más científicos, cada vez menos humanos.

Y así, paso a paso, nos vamos acercando a gran velocidad a nuestra extinción. La naturaleza no tolera dioses. Dios es ella.

Crisis del estado del bienestar

Seguro que en los últimos tiempos has escuchado en la televisión que
el estado del bienestar está en crisis. Los políticos de izquierdas
juegan mucho con esta expresión para alertar sobre el peligro que
supone esta crisis para los sectores más vulnerables. Empezaré
definiendo brevemente qué es el estado del bienestar, sus orígenes, su
historia y por qué está en crisis.


El estado del bienestar surge como tal en 1945, como una forma de
reconstruir la economía después de la Segunda Guerra Mundial. Los
estados lideran esta reconstrucción, y para eso se valen de la
doctrina económica de Keynes. Redistribución de la riqueza, protección social, inclusión política de los ciudadanos… Las democracias occidentales llevaron a cabo una serie de medidas para beneficiar a una población que había quedado
devastada por la guerra. Se instauró un sistema fiscal con el que
pagaban más quienes más tenían, y las clases más bajas se vieron
beneficiadas.


Este estado del bienestar no surgió de la nada. Nada en la historia surge de la nada. Se dio gracias a una intensa lucha de la clase obrera, expoliada por la guerra. Gracias a esta lucha, se consiguieron importantes avances sociales. Se implantó el sufragio universal, la seguridad social, los subsidios por maternidad, las ayudas a las familias numerosas, los subsidios por paro, el servicio nacional de salud…


En definitiva, se produjo un gran avance social dentro de los límites
del capitalismo. Los medios de producción no pasaron a manos del
pueblo. Los privilegiados siguieron siendo los mismos, pero aflojaron
el cinturón de los pobres. A largo plazo, esto empujó a la sociedad al
consumo, lo que benefició, en última instancia, a los privilegiados.
Sin embargo, este modelo económico nada sospechoso de radicalismo ha
sido muy criticado por los liberales capitalistas. Los liberales
critican al estado del bienestar por robarle dinero a quien produce,
para dárselo a quienes no producen nada, en nombre de la justicia
social. ¿Os suena este discurso? Todos nosotros lo hemos oído mil
veces, aunque rara vez sale de la boca de los políticos, que no se
atreven a manifestar claramente y con valentía que pretenden llevar a
cabo medidas económicas que perjudican al 95% de la población.


Con la globalización, llegó el sometimiento de los estados a los
grandes bloques político-económicos. En un mundo cada vez más
globalizado, el libre mercado es la mano que todo lo mueve. Los
estados están atados de pies y manos a la hora de tomar medidas que
protejan a los más débiles. No voy a entrar a valorar el conflicto
globalización-democracia, porque da para dieciséis artículos aparte, y
ya pasé por encima de él en mi artículo sobre la globalización.


Las economías nacionales están intentando ajustarse al nuevo contexto internacional, y por el camino, están contrayendo unas deudas que están adelgazando el estado del bienestar. Los privilegiados ya no lo ven viable, pero no se atreven a decirlo. Acabar con él supondría un
retroceso en la historia, una disminución en los derechos ya
conseguidos.


La clase obrera tiene dificultades para conseguir arrancar derechos a
los privilegiados, pero cuando lo consigue, los privilegiados ven muy
difícil volver a recuperar el terreno perdido. Esto se da por un factor clave en la historia: la presencia de los conservadores. Los conservadores, siempre reacios a todo lo que huela mínimamente a cambio, tienden a rechazar las luchas de la izquierda. Pero, una vez ganadas estas luchas, los conservadores, reacios a todo lo que huela mínimamente a cambio, se niegan a soltar esos derechos conseguidos por la izquierda. En mi opinión, por este motivo la historia avanza hacia la izquierda, o así sucedía… Hasta ahora.


La socialdemocracia está en crisis. La ideología que apuesta por el
bienestar de la clase obrera sin quitarle poder a los poderosos está
de manos atadas ante un nuevo contexto internacional que empuja a la globalización y al libre mercado. El estado del bienestar no para de adelgazar. Los políticos lo saben, pero no lo dicen. No hay alternativa. Cuando un partido político sale cuestionando la relación de la democracia y la soberanía de los
pueblos con el excesivo poder de la Unión Europea, los medios de comunicación lo machacan sin piedad, convirtiendo al partido político en cuestión en una caricatura de sí mismo. VOX y Podemos se sitúan muy lejos en el espectro ideológico, pero tienen varias cosas en común. La primera es que ambos exigen una mayor soberanía nacional frente a Europa. La segunda es que ambos son machacados sin piedad por los medios de comunicación.

Ya no hay espacio para las fuerzas políticas alejadas de un centro cada vez más capitalista y liberal. La población lo sabe, y reacciona votando a los extremos como forma de expresar su descontento por la crisis del estado del bienestar. A menudo se equivocan de extremo, y apuestan por la huelga de hambre como medida de urgencia para engordar al enfermo. La historia enseña muchas cosas, una de ellas, a no subestimar la estupidez humana. La época de las nuevas tecnologías no iba a ser menos. Bienvenidos al siglo XXI.

Las redes sociales

No todas las drogas son químicas. Las drogas son adictivas por la sensación que generan en el cuerpo y la mente. Satisfacción, euforia, desinhibición… Si alguna actividad pudiera generar estas sensaciones en nosotros, podríamos volvernos adictos a ella. A nivel corporal no nos dañaría directamente (aunque la relación cuerpo-mente es muy estrecha), pero a nivel psicológico podría destrozarnos.

Hay adictos al trabajo, al deporte, a la lectura, a la escritura… Pero entre todos juntos, no suman una décima parte del número de adictos a las redes sociales. Las redes sociales, esos contenedores de basura llenos de selfies, culto al yo y a la propia imagen, individualismo, deseo de mostrar al mundo lo fantástica que es nuestra vida… Las redes sociales muestran la peor cara del ser humano. Una cara que lleva muy poco tiempo mostrándose, que nos distingue de todas las generaciones anteriores, y que todavía no ha mostrado lo dañina que puede llegar a ser. Para ver sus efectos en todo su esplendor, tendremos que esperar a ver cómo evolucionan las primeras generaciones que han crecido al calor de Facebook, Instagram y Twitter.

Las redes sociales nos convierten en seres asociales, aislándonos del resto, encerrándonos en nuestro propio personaje. En ellas, solo nos interesa la imagen que ofrecemos al mundo, nuestro número de seguidores, nuestro número de likes… Nosotros.

Las redes sociales nos han aletargado. Nos han dado un contenedor donde poder vaciar nuestra basura, dentro de nosotros mismos, impidiéndonos volcarla al exterior. Ya no hay grandes revoluciones, la gente enfadada se limita a expresar su descontento con un tuit. Ya no hacen falta psicólogos, las redes sociales nos escuchan y nos aconsejan. El contacto persona-persona ya no es necesario.

Ya no hacen falta miradas ni sonrisas, si quieres saber si una chica se liaría contigo le mandas un punto en Instagram y te lo dice. Si quieres que te pongan nota, no tienes más que pedirlo. Quizás esa chica sienta un poco de vergüenza al principio, pero la superará, porque sabe que dándote nota a ti, tú deberás ponerle nota a ella. La mentalidad comercial llevada al terreno de las opiniones personales y la imagen. A dónde vamos a llegar…

Es cierto, quienes juegan a estos juegos son adolescentes, en su mayoría. Yo también era un gilipollas con esa edad, así que no soy nadie para juzgarles a ellos. Probablemente si hubiera tenido en mis manos Instagram a esa edad, lo hubiera usado para lo mismo. Pero no lo tuve, y esa es la diferencia. Al no tenerlo, me las tuve que ingeniar para relacionarme de otras formas. Los adolescentes son de mecha corta, pero esta generación ha dado con una llama. Y la bomba está a punto de explotar.

No, yo no soy ejemplo de nada. No estoy dando lecciones de moral, ya he criticado el moralismo en el artículo sobre la dictadura de lo políticamente correcto. Es cierto, yo no uso las redes sociales como el resto. Si la gente se hace fotos con la intención de verse bien, yo salgo poniendo cara de rata. Si alguien presume de tener un buen coche, yo presumo de mi Rogelio. Si alguien presume de tener mucho dinero, yo me hago una foto con un abanico de tres billetes de cinco euros. Si a la gente le gusta presumir de lo increíble que es su vida, a mí me gusta ridiculizarme. Es una crítica a las redes sociales desde dentro, mediante el humor. Pero todo esto no me salva de la quema.

Yo participo en este juego de likes, amigos y seguidores. Cedo mis datos personales, miro el móvil más de lo que debería y enriquezco a Zuckerberg. Él estaría encantado si todo el mundo usara Facebook para criticarlo desde dentro. No soy ejemplo de nada, lo sé, y por eso he intentado dejar este vicio varias veces. Pero no he podido, porque las redes sociales lo tienen todo atado y bien atado. El día que ofrecieron un producto capaz de atraer al 80% de la población, consiguieron atraerlos a todos. Porque la gente llama a la gente. Porque si me quito las redes sociales, me veré aislado.

No puedo irme de Facebook, porque es en Facebook donde mis familiares y amigos expresan su pensamiento. Facebook es la única manera que tengo de conocerles, ya que la comunicación cara a cara ha desaparecido. No puedo irme de Whatsapp. Whatsapp es la forma que tienen mis amigos de hacer sus planes y pasar todo tipo de información. Si me quito el Whatsapp, me veré aislado. No puedo irme de Instagram. Por Instagram hablo con mucha gente que me importa, y no se relaciona conmigo cara a cara. A veces por falta de tiempo, a veces, porque es más rápido y cómodo hablar por Instagram.

Cuando el 80% de la población cambió el contacto persona-persona por las redes sociales, el 20% restante se vio atrapado por obligación. No podemos escapar, necesitamos ir allí donde está todo el mundo. Somos seres sociales por naturaleza, aunque ese concepto de sociabilidad se haya convertido en una caricatura por culpa de las redes sociales.

“Si alguien quiere algo, que me busque. Me quito todas las redes.” He pensado varias veces, iluso de mí. No soy tan importante. Nadie busca a los lobos solitarios, hay mil como yo con los que se puede contactar con mucha más facilidad. Mil que sí tienen redes sociales, y con los que poder hacer planes en un segundo. ¿Quién se va a tomar la molestia de venir a mi casa o de llamarme por teléfono? Además, cuesta dinero llamar por teléfono. Todo está muy bien atado.

Nadie se va a molestar en buscarte, ni en mirarte, porque pueden saber lo que piensas mandándote un punto. Las redes sociales han degradado al ser humano, explotando sus debilidades, como tantas veces ha hecho la tecnología. Yo no he conseguido escapar, pero soy consciente del cáncer que suponen. ¿Tú eres consciente?

Por qué soy demócrata

En el artículo anterior, analicé la idea que tienen Platón y Aristóteles sobre la democracia. Expuse los motivos por los que considero que nuestro pensamiento es un producto del tiempo en el que nos ha tocado vivir. Por esto, me veo en la obligación de publicar mi opinión sobre la democracia usando la lógica, sin caer en el argumento: “soy demócrata porque he nacido en democracia”.

He expuesto los motivos por los que Platón y Aristóteles no eran demócratas. Ellos no creían que el gobierno debiera depender de unos ciudadanos sin formación, ignorantes, incapaces de distinguir lo bueno de lo malo, lo injusto de lo injusto.

Tengo que rebatir esta teoría, y lo voy a hacer basándome en mi experiencia y en mi lógica. He nacido en el siglo XX, he crecido (relativamente) en el XXI, y eso me da una ventaja sobre Platón y Aristóteles a la hora de poder plantear los siguientes argumentos.

He nacido en una época en la que abundan los titulados universitarios. Historiadores, politólogos, sociólogos, filósofos, psicólogos, economistas, biólogos… Todos ellos están muy formados. Todos quieren ser científicos, alcanzar verdades indiscutibles a partir de la experimentación y el análisis objetivo. Muchos de ellos utilizan sus disciplinas para estudiar cuál debe ser el sistema político que nos gobierne. Monarquía, oligarquía, democracia, democracia con límites…

Se podría pensar que el estudio en profundidad de sus respectivas disciplinas debería ayudarles a alcanzar la verdad absoluta sobre cuál es la mejor forma de gobierno. Sin embargo, tenemos muchos economistas expertos de izquierdas y también de derechas. Muchos filósofos reputados demócratas, y otros tantos que no lo son. Los mejores politólogos, los mejores historiadores, los mejores psicólogos, científicos todos ellos… No se ponen de acuerdo en nada.

¿Qué distingue a un sabio de uno que no lo es? La formación, desde luego, parece que no. Sea cual sea el grado de formación, siempre aparecerán expertos enfrentados. Ambos usan la lógica para argumentar, ambos aportan datos científicos que respaldan sus tesis… Pero defienden tesis radicalmente opuestas.

Esto demuestra, en mi opinión, que el grado de formación no debe ser un obstáculo a la hora de votar. Cuando decidimos nuestra posición ideológica no lo hacemos basándonos en las ideas que hemos adquirido estudiando. Mi posición en el eje izquierda-derecha no ha cambiado desde que estudio el grado de historia. Y si se ha movido ocasionalmente, a un lado o al otro, no ha sido por el conocimiento leído. Creo que en esta cuestión manda el sentimiento.

Soy de izquierdas porque siempre he sentido poco apego por las riquezas. Nunca he soñado con tener un gran coche ni una casa lujosa. A mí me gusta mi Rogelio, y si dios quiere pronto tendré una casa barata a la que poder ponerle un nombre gracioso. Cuando era pequeño y veía a la gente pobre pidiendo en la calle, me preguntaba por qué el resto de la gente pasaba de largo. Siempre he defendido la igualdad en todas sus formas. Igualdad por razón de clase social, género, orientación sexual, etnia o religión. Desde niño he sentido que los gitanos, las mujeres o los musulmanes eran iguales que yo.

Esto es lo que me hace ser de izquierdas, no los libros que he leído. Posiblemente un adulto de derechas fue un niño que le buscó una lógica al hecho de que un pobre pidiera dinero en la calle. Posiblemente siempre se sintiera diferente al resto por su color de piel o por su sexo.

Por esto soy demócrata. Creo que todos tenemos derecho a votar independientente de nuestra clase social, nuestra formación, nuestro sexo o nuestra religión, porque creo que ninguna de estas causas determinan ese sentimiento que llevamos dentro, y que nos hace elegir una posición ideológica u otra.

La importancia del contexto histórico en el pensamiento

Platón y Aristóteles, Aristóteles y Platón. Para muchos, los filósofos más grandes de la historia. Para el mundo entero, los filósofos más grandes de la antigüedad. Ambos entregaron su vida a la lectura y a la escritura, con el mérito añadido que conlleva esto en una época donde no abundaban los libros. Sus ideas siguen siendo la base sobre la que se asientan los filósofos contemporáneos, y también una importante fuente de inspiración para los fabricantes de azucarillos. Tras Platón y Aristóteles, el resto de los pensadores lo tuvo mucho más difícil a la hora de elaborar una teoría totalmente original. Ellos ya lo dejaron todo pensado.

De unos pensadores tan cultos e inteligentes uno debería esperar la más justa de las doctrinas. Sin embargo, ninguno de los dos era demócrata. Ellos no confiaban en un pueblo al que consideraban ignorante. Para ellos, la ignorancia del pueblo llevaba a la injusticia y al abandono de las leyes.

Platón era partidario de una oligarquía de sabios. Para él, solo los filósofos estaban capacitados para gobernar, pues eran los únicos capaces de distinguir entre lo justo y lo injusto. Para Aristóteles, la democracia atendía a los intereses de los pobres, pero no al interés de la comunidad.

¿Y qué pensaban los dos filósofos más grandes de la antigüedad, si no de la historia, sobre la igualdad por razón de sexo? Voy a extraer una frase de la obra “Política”, de Aristóteles, relativa a la mujer. “El macho es por naturaleza superior, y la hembra inferior; uno gobierna y la otra es gobernada; este principio de necesidad se extiende a toda la humanidad”. Platón se acerca más al concepto de feminismo que tenemos hoy en día, pero está lejos de alcanzarlo. Para él, la naturaleza del hombre y de la mujer es la misma. Sin embargo, la mujer necesita la educación para equipararse al hombre, de donde se extrae que, en igualdad de condiciones, Platón considera superior al hombre.

He explicado cómo dos de los grandes filósofos de la historia critican ideas que hoy damos por hechas. ¿Significa eso que no eran tan buenos filósofos? No. ¿Estoy a favor de la democracia y del feminismo? Sí, las razones por las que soy demócrata y feminista las trataré en otros artículos. ¿Me estoy contradiciendo? No. Me explico.

Con este artículo estoy intentando hacer entender la importancia del contexto histórico en nuestra forma de ver el mundo. Ni siquiera dos intelectuales de la talla de Platón y Aristóteles fueron capaces de escapar del clasismo y el machismo de su época, aunque eso no los inhabilita como filósofos. Ellos aportaron mucho a la teoría política, ética, estética, científica… Un filósofo no se mide por la medida en la que coincide con el pensamiento propio. El contexto histórico de Platón y Aristóteles les empujó a sus ideas, nuestra historia marca lo que somos, y es importante entender esta idea por varias cuestiones.

En primer lugar, para no dar nada por sentado. Lo que hoy tiene apariencia de verdad absoluta puede no serlo mañana. La democracia no está asentada. Es una construcción predominante en este periodo histórico, pero no tiene por qué seguir siendo así. Siempre habrá quienes encuentren los argumentos para criticarla. Los no demócratas tienen dos buenos referentes para construir su pensamiento: Platón y Aristóteles (desgraciadamente tienen muchos más, pero en este artículo he tratado a ellos dos porque no tengo tiempo ni ganas de escribir una tesis doctoral sobre este tema).  

¿Eres un rebelde que cuestiona todo lo que lee, lo que ve, lo que oye, y tiene una tendencia natural a cuestionar el status quo? Si la respuesta es “no”, no eres demócrata, ni feminista, ni nada en concreto. Eres un producto del tiempo en el que has nacido. Si hubieras nacido en la Antigua Grecia, habrías aceptado el machismo y el clasismo, y si hubieras nacido en el Antiguo Egipto, habrías construido pirámides para tu faraón.

Estudiar historia sirve para escapar del tiempo en el que vives, para construir un pensamiento propio, conociendo realidades diferentes. Conseguir un pensamiento no contaminado por tu realidad es una tarea difícil, también para los estudiantes de historia. No me estoy colocando en una posición superior. Yo sé que mi pensamiento se ve influenciado por la época en la que vivo, pero soy consciente de esta realidad y la intento cambiar. Intento argumentar mis ideas usando la lógica, y no la tradición. Intento que mis ideas sean coherentes… Aunque me está costando trabajo.

Las nuevas tecnologías

Este artículo lo dedicaré a las nuevas tecnologías. Podría hablar mucho de ellas, pero voy a intentar sintetizarlo lo máximo posible, porque soy consciente de que los artículos largos no atraen tanto. Voy a escribir sobre cómo las nuevas tecnologías han hecho nuestra vida más cómoda, refiriéndome a diversos aparatos que nos facilitan el trabajo cotidiano. El tema de los smartphones y las redes sociales lo dejo para otro momento, porque da para varios artículos aparte.

Ángel y demonio, queridas y odiadas a partes iguales. Las nuevas tecnologías han hecho nuestra vida más cómoda. Nos ayudan en infinidad de tareas en nuestro día a día. Nos orientan cuando no sabemos cómo llegar a nuestro destino, ponen tareas cotidianas como a un clic, han hecho posibles grandes mejoras en el campo de la medicina…

Las nuevas tecnologías nos distinguen del resto de las etapas de la historia. La historia se divide en prehistoria, historia antigua, historia medieval, historia moderna e historia contemporánea. El acontecimiento que marca el paso de la historia moderna a la contemporánea se considera la Revolución Francesa. Sin embargo, creo que esta clasificación está obsoleta. Creo que es cuestión de tiempo que se hable de una nueva etapa en la historia, que empezó antes de 2019. Varias décadas antes.

Las nuevas tecnologías han acelerado los cambios hasta el extremo. La historia siempre ha servido para sentar unos referentes en los que mirarse, pero nuestra generación, la de los millenials, está huérfana de referentes. No podemos mirar a ninguna etapa anterior sin perdernos, porque nuestro mundo no tiene nada que ver con el de nuestros padres. Los smartphones llevan muy pocos años con nosotros. Las televisiones, que dan la sensación de existir desde el principio de los tiempos, llevan menos de un siglo con nosotros, y hasta hace muy poco tenían una resolución y una variedad de canales mucho menor de la que disfrutamos hoy en día. Esto ha provocado una gran brecha en el pensamiento, un choque generacional, un boom en todos los aspectos de la vida, al que todavía no nos hemos acostumbrado.

Las nuevas tecnologías no han hecho mejor nuestra vida. La han hecho más cómoda, que es un término muy diferente. La comodidad lleva al aletargamiento. Ya no necesitamos memorizar la lista de la compra, porque el móvil lo puede hacer por nosotros. Tampoco necesitamos calcular el precio de la cesta de la compra, la calculadora del teléfono móvil lo puede hacer por nosotros. Ya no necesitamos nuestro sentido de la orientación, Google Maps se encarga de llevarnos a nuestro destino.

La ciencia lo confirma. Desde 1975 en adelante, cada generación es más estúpida que la anterior. Ya no necesitamos entrenar nuestra mente, la tecnología hace todas nuestras tareas por nosotros. Pero no solo estamos dejando de ejercitar nuestro cerebro, también nuestro cuerpo.

La obesidad es la enfermedad del siglo XXI, en los países desarrollados. En los países en vías de desarrollo, las personas tienen que caminar 10 km en busca de agua. Nosotros la tenemos al alcance de la mano. En países en vías de desarrollo, las personas tienen que subir grandes pendientes. Nosotros tenemos escaleras mecánicas y ascensores. En países en vías de desarrollo, las personas necesitan ejercitar su cuerpo para limpiar su casa. Nosotros tenemos lavavajillas, lavadoras, y robots aspiradora.

Todos los avances tecnológicos parecen ir encaminados en una dirección: hacer nuestra vida más cómoda. Sin embargo, la felicidad no ha subido de la misma manera que la comodidad. Entre 1990 y 2016, el número de suicidios ha aumentado un 6,7%. Gracias a la tecnología, las personas tenemos más comodidad, más tiempo libre. Sin embargo, parece que no estamos utilizando ese tiempo libre como es debido. Vemos demasiado la televisión, le dedicamos demasiado tiempo a los vicios, dejamos de lado a nuestros seres queridos y leemos muy poco.

La cultura se valoraba más cuando costaba un precio. Cuando comprar un libro o un periódico costaba dinero, la gente valoraba el conocimiento. Gracias a la tecnología, hoy tenemos miles de libros en pdf a nuestra disposición, y podemos leer cualquier periódico de manera gratuita. La información ya no vale nada, Huxley llevaba la razón. Han puesto tanta información a nuestro servicio, que ha perdido todo su valor. La comodidad nos ha vuelto menos inteligentes, menos sanos, menos fuertes y menos cultos.

Entonces, ¿por qué los ingenieros insisten en darnos una vida más cómoda, cuando está claro que hay otras cosas más importantes para nosotros? En mi opinión, los seres humanos tenemos una predisposición innata hacia la vagancia. No hacemos ningún esfuerzo si nos lo podemos ahorrar, y creo que todos los animales tienen en común este rasgo con nosotros.

El capitalismo ha explotado esta debilidad humana. De la misma manera, los programas de cotilleos han explotado ese gen chismoso que tenemos los humanos (y que me perdone mi amigo el biólogo comunista por usar la palabra “gen” sin ser científico, pues seguramente este gen no existe en realidad. Espero que entienda que necesito jugar con el lenguaje para hacerme entender…).

El capitalismo, ese sistema que pone al alcance de nuestra mano aquello que más ansiamos para empujarnos a consumir y obtener el máximo beneficio. Ese sistema que se lava las manos cuando se le señala con el dedo, y nos dice: “vosotros habéis elegido esto, fabricamos esto porque vosotros lo compráis”. Maldito capitalismo, siempre explotando las debilidades humanas. Siempre llevándonos por el mal camino. “A vosotros os gusta este camino”, nos dice. Ya, reconozco que tiene su atractivo. Pero este camino no es bueno. Tú lo sabes. Si tú no lo hubieras fabricado para lucrarte, yo no lo hubiera tomado. Tú tienes el poder, y lo estás usando para hacer el mal. Estás degradando a la especie humana para lucrarte. Maldito capitalismo…

Religión y carpe diem

Puede que a alguien le llame la atención verme relacionando a la religión con diferentes aspectos del pasado y del presente. Le he dado mucho peso a la religión en el ensayo sobre la historia de los animales, en el de la globalización, y se lo daré también en este. Soy agnóstico y muy crítico con las instituciones religiosas de mi país, pero la historia de la religión siempre me ha llamado mucho la atención, y es inevitable concederle mucho peso en los procesos de la actualidad por los motivos que voy a citar.

Uno de los cambios más grandes y acelerados que estamos viviendo en las últimas décadas es el de la pérdida de las creencias religiosas. El pensamiento científico se expande, y con él, los ateos se multiplican. El pensamiento científico apareció hace mucho tiempo, pero era cosa de unos pocos intelectuales, privilegiados, con dinero suficiente como para poder cambiar el trabajo por los libros. El grueso de la población no tenía la oportunidad de estudiar, y la religión le mantenía unido a unos valores y una espiritualidad. En las últimas décadas la educación se ha universalizado, y el choque entre presente y pasado es evidente.

Las generaciones del presente, cada vez menos creyentes, intentan sofocar las ascuas de los incendios del pasado. Las nuevas generaciones se preguntan cómo es posible que en pleno siglo XXI la gente crea en dioses. Los creyentes quieren que les dejen vivir en paz, pues no hacen daño a nadie viviendo de acuerdo a unos valores religiosos. Las nuevas generaciones no quieren que la religión intervenga en el Estado. Los creyentes no quieren quitarle peso a una institución que vela por el mantenimiento de los valores y la espiritualidad.

Uno de los pilares fundamentales sobre los que se sostiene la religión es su promesa de la vida más allá de la muerte. El caramelo que se da a los creyentes resulta muy apetecible, pero los jóvenes, científicos y racionales desde su más tierna infancia, no quieren dejarse engañar por falsas promesas. Ellos quieren ser más inteligentes, más fuertes. Creen que la religión es para débiles y su filósofo favorito es Nietzsche, que representa muy bien su rebeldía y su rechazo por los valores tradicionales.

¿Quiere decir esto que las nuevas generaciones han aceptado de buen grado que algún día morirán? No, no, para el carro… Son fuertes, pero no tanto. Las nuevas generaciones tan solo han cambiado una religión por otra. Las religiones no implican la existencia de dioses. Religión es: “lo que debe ser hecho”. Hay religiones no teístas. El comunismo o el liberalismo, según autores como Noah Harari, pueden considerarse religiones. Yo voy a hablar aquí de la religión de los millenials, la religión del carpe diem.

Su credo es el siguiente. La vida es corta. Dios no existe, los paraísos de los que te han hablado son para débiles. Vas a morir, acéptalo. Pero acéptalo a medias. Todavía hay algo que puedes hacer. Carpe diem, vive el momento. La vida son dos días y uno está lloviendo. Vive intensamente, no esperes al día de mañana para hacer las cosas, porque puede que sea demasiado tarde. Haz locuras, serán lo único que recuerdes cuando seas anciano. Dile a esa chica que te gusta, no pierdas el tiempo. Quizás mañana te atropelle un camión a ti, o a ella. Sal de fiesta este fin de semana, consume. Ahorrar no sirve para nada, quizás dentro de cinco años hayas muerto. También te puede atropellar una moto. Vive intensamente…

¿Que por qué estoy en contra de esta religión tan vitalista y propia de mi generación? Primeramente, porque es una religión, con dogmas incuestionables. Lo segundo, por las ideas que se han asociado con “vivir intensamente”. A nadie se le ha ocurrido pensar que vivir intensamente sea leer un libro. Tampoco cuidar de tu madre enferma en el hospital se puede considerar vivir intensamente. Dar un paseo por el parque con tus animales, contar historias al calor de una fogata… No es vivir intensamente. Si me veo obligado a cuidar de mi madre lo hago, pero lo hago fastidiado, porque podría estar tirándome en paracaídas. Malditas relaciones familiares, que no me dejan vivir el momento…

“Carpe diem”, o cómo hacer estupideces excusándote en tu miedo por la brevedad de la vida. Amores de una noche, desenfreno, vicio, consumismo exacerbado… Las discotecas, las casas de apuestas, los centros comerciales… Están encantados con tu visión de la vida. Consume, consume, que la vida es corta. No vivas en un estado de tranquilidad y paz contigo mismo, eso no es divertido. Sal a la calle, vive rápido, consume. Busca fuera lo que se te perdió dentro. Busca el placer instantáneo, no construyas nada a largo plazo. No seas aburrido.

Sé individualista. No dejes que nadie te diga cómo tienes que vivir, ni lo que tienes que consumir. Eso solo lo sabes tú (y nosotros, que tenemos tus datos gracias a tu teléfono móvil y te los enseñamos cada vez que tenemos oportunidad). No tengas demasiados amigos, ni estés demasiado tiempo con tu familia. Eso no mueve la economía, tu actitud no nos ayuda a crecer. Sal fuera, sal a buscar lo que se te perdió dentro. La vida es breve. Ahorrar es aburrido, leer es aburrido, y escribir también. Acepta tu muerte, sé fuerte… Pero no mucho.

Siempre defenderé las construcciones a largo plazo. Creo que un avión de verdad es mejor que mil aviones de papel. Creo que un amor verdadero no se construye en una noche, y es mejor que mil amores instantáneos. Sí, sé que voy a morir pronto, seguramente más pronto que tú, pero me lo tomo con tranquilidad. No, no me voy a tirar desde un ala delta solo porque la vida es corta. No me gusta, a mí me gusta el tenis, el atletismo, leer, escribir, ahorrar para cosas verdaderamente importantes, salir con amigos y pasar tiempo en familia. Lo sé, soy muy aburrido… Pero no voy a cambiar.

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